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LA SINGULARIDAD HISTÓRICA

1978: El abrazo del alma

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El silbato finalizaba el partido, todos se abrazaban en las tribunas y dentro de la cancha. Víctor, ignorando las estrictas medidas de seguridad, se lanzaba para encarar a sus ídolos. Una escena que dio la vuelta al mundo.

Historias paralelas

El estadio de River Plate estaba a tope, «no cabía ni un alfiler» decía Víctor Dell’Aquila, en una de tantas entrevistas. También recuerda que estaba en las gradas que están atrás del arco, casualmente el que uso Argentina en el tiempo suplementario.

En final de la copa del mundo del 25 de junio de 1978, Argentina y Holanda terminaron los 90 minutos empatados 1-1. Era necesario un tiempo extra, 15 minutos que decidirían la historia. Habían pasado más de 40 años desde la última vez que la selección albiceleste jugaba una final. En aquel entonces perdió ante Uruguay. Pero este día habría revancha, dos goles, uno de Mario Kempes y otro de Daniel Bertoni, daban la ventaja final.

Víctor es un fanático del fútbol y apasionado por los colores de Boca Juniors, nada le impediría acercarse a Tarantini, su ídolo xeneize, que en ese momento estaba en la cancha. Momentos antes de que el partido termine, Víctor saltaba la valla de más de dos metros. Recuerda muy bien el golpe que se dio «salté la valla hacia el campo desde unos dos metros de altura. Me di un porrazo contra el suelo, porque no tengo cómo amortiguar la caída».

Víctor Dell’Aquila es discapacitado, le faltan sus dos brazos y corre hacia la cancha esquivando a la policía y los perros que custodiaban las gradas.

La mirada de Alfieri

Al borde de la cancha se encuentra trabajando Ricardo Alfieri, uno de los míticos fotógrafos de la revista deportiva El Gráfico. Detrás de la lente de su Nikon Manual mira el partido buscando capturar momentos del partido. Pero cuando Argentina tiene la ventaja en el tiempo suplementario, Ricardo siente la emoción en el aire, que está contenida esperando a que el árbitro apunte al medio del campo y pite tres veces. Ricardo siente que se viene una ola de emociones.

Finalmente el partido termina, Argentina es campeón del mundo. Los hinchas se abrazan en las tribunas, algunos han saltado las vallas y corren a encontrarse con el equipo. Los jugadores se abrazan entre ellos y el equipo técnico y los suplentes que miraban desde el costado de la cancha. En el centro del campo todos saltan y festejan. Pero el fotógrafo tiene otros ojos, escudriña alrededor, busca algo más mientras su cámara hace clic y su mano corre el rollo fotográfico.

Alfieri entonces ve a un lado de la cancha al arquero Ubaldo Fillol arrodillado, abrazandose a si mismo. Fillol ha contado en innumerables entrevista que no pudo correr hasta sus compañeros, simplemente se arrodilló a llorar de felicidad, no podía hacer más. El fotógrafo sigue observando y ve al defensa Alberto Tarantini, ídolo del club Boca Juniors, que se levantaba mientras se persignaba. Luego, este se acerco a Fillol y lo abrazo, los dos arrodillados sobre el césped.

Sin que nadie lo esperara, esquivando a los policías, un joven Víctor corría hacia la cancha. Es junio y el frío marcaba la necesidad de abrigo. Víctor tenía un buzo sobre su camisa a cuadros, cuyos brazos flameaban por la velocidad a la que iba. «Entonces me frené de golpe para no chocarlos y las mangas de mi buzo se fueron hacia delante. En ese preciso instante, Alfieri me tomó la foto. Parece que me estoy abrazando a ellos con las mangas«, contaba Víctor en entrevista a El Tiempo.

«El abrazo del alma»: el fotógrafo Ricardo Alfieri inmortalizó el abrazo entre Ubaldo Matildo Fillol, Alberto Tarantini y Víctor Dell’Aquila. Foto: crédito El Gráfico.

La foto que recorrió el mundo

Alfieri capturó toda la secuencia, y junto a sus compañeros, registró más de 2000 fotografías de aquella mítica final. La tapa de El Gráfico, así como la de muchos medios gráficos se concentraron en mostrar a los jugadores levantando la copa. Tuvieron que pasar unos días para que el equipo de la revista lo encuentre.

Dos días después, cuando Alfieri llevaba a la edición el material ya revelado, todos pudieron ver su trabajo. Varios dejaron sus máquinas de escribir, se levantaron. Sin dudas estaban ante una pieza excepcional. No era un abrazo físico sino un abrazo espiritual. El periodista Osvaldo Ardizzone, al verla simplemente dijo: Pero este es el abrazo del alma…

Así fue nombrada esta captura, una joya del fotoperiodismo, con el tiempo la revista le dedicaría una tapa. La foto es tan contundente que se hizo conocida en todo el mundo, recibió varios premios y reconocida por la FIFA como una de las mejores fotos de los mundiales.

Una pasión que salva vidas

La imagen donde es capturado Víctor Dell’Aquila pasó a la posteridad, incluso el mismo Alfieri le regaló la fotografía enmarcada y firmada: “Con todo cariño le dedico a Víctor mi mejor foto del Mundial 78. Ricardo Alfieri”. La tiene enmarcada en su casa.

Pero su historia empieza mucho antes, cuando tenía 12 años. En ese entonces, era un niño hiperactivo «me subía a una de esas columnas gigantes que sostienen los transformadores de energía eléctrica. Era de unos 20 o 30 metros de altura, desde donde veía todo mi barrio, San Francisco Solano. Hasta Lanús veía. Era peligroso, pero subía y bajaba como si tal cosa»

En la misma entrevista, Víctor cuenta que se resbaló mientras bajaba de la columna. «Para no caer al vacío, me agarré de lo primero que encontré a mano, un cable de alta tensión. Recibí una descarga y un brazo me quedó pegado al cable. Como pude, estiré el otro brazo para tratar de despegarlo y me lo fulminó también. Hasta ahí recuerdo, luego me desmayé y desperté en el hospital.«

Víctor ingresó a emergencias con los brazos carbonizados por la descarga eléctrica. La única forma de salvarlo era amputar, sino corría el riesgo de sufrir gangrena. Aunque su madre se resistió a la idea de la amputación, finalmente autorizó la operación.

El fútbol siempre fue su ilusión, poder jugar en un equipo de primera. Pero las circunstancias contrarias no dejaron que deje de disfrutarlo, de ir a la cancha, de ver a su equipo favorito, Boca Juniors. Víctor cuenta que era conocido en el club y lo dejaban entrar a todos los partidos. Esa misma pasión lo impulsó a saltar la valla aquel día, él quería saludar a Alberto Tarantini, defensor de Boca.

En la actualidad está casado, tiene dos hijos (34 y 22 años en el momento de la entrevista con EL TIEMPO), aprendió a manejar con los hombros y trabaja de quinielero. Asegura que levanta todos los números de memoria. «Juego al fútbol todos los domingos. Eso me ayudó a escapar del problema», afirma que el deporte es su terapia.

El dicho afirma que una imagen dice más que mil palabras, pero revivir un momento es algo inigualable. En 2013, después de 35 años de la final del mundo, la empresa Coca Cola decidió hacerle un homenaje al Abrazo del Alma y reunió a Víctor con Tarantini y Fillol.

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