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¿Cómo era Buenos Aires en 1810?

Era una  joven ciudad, de enormes barriales cuando llovía, de oficios extraños como los “mata perros” y de revolución en marcha.

Seguramente guiados por las bellas imágenes escolares y los textos que hablan de aquellos días de revolución y celebración por haber logrado la primera junta de gobierno, se tenga una imagen idílica de Santa María de los Buenos Ayres hacia 1810. Paraguas, grandes vestidos de puntillas y miriñaques, elegantes caballeros, morenas con mazamorras y negritos que a viva voz cantaban la hora, todos felices. Pero ni tanto, ni tan poco, el aspecto de la urbe en aquel entonces, como la idiosincrasia de sus habitantes se alejan un tanto de los pintorescos relatos de los libros escolares y de las pinturas que nos hablan de aquellos días.

Buenos Aires era por entonces una joven ciudad, mucho menos sofisticada que lo que podríamos imaginar. Ya no era un poblado en torno a un puerto de contrabandistas, pero tampoco una cuadrícula ordenada. Polvo por doquier y con las lluvias barro,  y entre tanto los enormes pozos en los que podía caerse una carreta. Los registros señalan que los vecinos construían sus casas con la amalgama que elaboraban a partir de la tierra que sacaban, de ahí nomás, de las calles. Por esta razón las lluvias no eran cosa a dejar pasar, los charcos eran verdaderas trampas mortales. Muchos relatos de la época dan cuenta también de la falta de higiene, esto es, la basura se tiraba literalmente en cualquier lado, los animales muertos, ahí quedaban, fuera un caballo o un toro, los olores no eran menores, el río hacía lo suyo.

Menos de 50 mil personas vivían por allí. Los españoles e hijos de estos con negocios e influencias dominaban la clase alta, y podían ocupara cargos públicos, luego el resto de sus compatriotas menos favorecidos le seguían en importancia social aunque muchos criollos ya le peleaban en ganancias y poder. Eran los llamados “vecinos”.

El 30% de la población era negra, que obviamente no tenían derechos. Cada familia acaudalada contaba con 25 esclavos y hasta las menos pudientes tenían al menos 10. A los esclavizados se los ocupaba en tareas hogareñas pero también para el comercio como  vendedores ambulantes.

Por supuesto había gente de oficio, como talabarteros, albañiles, carpinteros, los que mataban perros o ratas por encargo, herreros, y trabajadores portuarios, los gauchos que carneaban, entre otros. Los comerciantes más pobres y contrabandistas -a raíz del libre comercio impuesto por el virrey- se apostaban en las calles.

Era corriente ver a las lavanderas con una tabla de madera en la cabeza y sobre ella un bollo de ropa, así se le decía. Iban al río a lavar a garrotazos las prendas encargadas. A las mazamorreras los niños las llamaban “tías” un uso español. Ellas llevaban sobre sus cabezas un gran cuenco de cuero o tipa con mazamorra caliente. El farolero era otro personaje que recorría las calles pero de noche, con una escalerilla y un farol, iba encendiendo las velas a los lados.

Y mientras todos llevaban sus vidas como podían, las noticias de Europa llegaban en barcos, los días agitados en el viejo continente convulsionaban aún más los ánimos por estos lados.

A comienzos de mayo, los encuentros en las casas de algunos señores eran cosa diaria, se debatía el futuro, y para ello debían señalar la posición respecto a España y la posibilidad de un nuevo gobierno. Encuentros afiebrados, mates, iluminismo y ecos de la Revolución Francesa en la polvorosa Santa María de los Buenos Ayres.

 

Fuente: https://goo.gl/qN5NLl

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