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LA SINGULARIDAD HISTÓRICA

El hombre del tunel

En octubre de 1961 escapó de Berlín Este. Ya en el Oeste, construyó un pequeño túnel por debajo del Muro que permitió escapar a otras 29 personas. La primera de ellas fue Eveline, quien después se convertiría en su esposa.

Recuperado de El País – La caída del Muro de Berlín tres décadas después

Rudolph nació en Silesia, un pedazo de territorio que hoy pertenece a Polonia. En 1945 su familia huyó de los rusos con lo puesto. Tenían una tía con familia en Berlín y echaron a andar. Así llegaron a Prenzlauer Berg, un barrio en el este de Berlín, hoy epicentro de la gentrificación y plagado de jóvenes estadounidenses fascinados por el cool berlinés.

Llegaron exhaustos a un edificio bombardeado, con la abuela herida, sin ropa ni calefacción. Su hermana logró un trabajo en una tienda para oficiales rusos, donde había salami y café. La familia lo troceaba minuciosamente y lo vendían a los vecinos. Así comenzó a reflotar la economía familiar. Para ir al oeste, recuerda ahora Rudolph en su casa de Berlín, “había que cruzar una verja, pero se cruzaba en bici o en coche”. Cuando terminó el colegio, le quedó claro que no podría ir a la universidad por su falta de compromiso con la RDA. “Yo no tenía ganas de ayudar al Estado, no me apuntaba a las cosechas de patatas ni nada por el estilo”. Un día de 1961, cuando estaba de vacaciones en un camping en el norte, se enteró de que habría un cierre total.

“No nos podíamos imaginar que iban a cerrar una ciudad como Berlín. Yo tenía amigos en el oeste. Compartíamos el agua, los tranvías”. Fue a probar suerte en la Bernauer Strasse. Había un alambre de espino y seis soldados armados le dijeron que se fuera de allí. Todavía sin acabar de creérselo, se juntó con cinco amigos en un bar. ¿Y ahora qué?, se preguntaron. “A partir de ahí, ya solo hablábamos en voz bajita, de cómo escapar, claro”. Lo planearon todo en un café, donde se encontraban para compartir la información que les llegaba de la televisión del oeste del país. Sabían qué trozos del Muro estaban más vigilados. Recorrieron con la bici todo el perímetro en busca de huecos. Conocían las calles del plano de memoria. Dieron con un descampado, con un río y su correspondiente torre de vigilancia, que podía convertirse en el hueco que buscaban. El 9 de septiembre de 1961 se presentaron allí a las tres de la mañana. Tardaron cinco horas en recorrer 100 metros sin ser descubiertos hasta llegar al oeste de Alemania. No tenían ni idea de dónde estaban en medio de la noche. Por fin, llegaron a una casa iluminada y un joven les dijo: “Enhorabuena, lo habéis conseguido”.

“Nuestro sueño se había cumplido”. La policía les dio documentos para viajar y les envió al albergue de refugiados donde debían apuntarse. Les dieron una beca para la universidad. “No nos faltaba de nada. Yo podría haber vivido tranquilamente en el oeste del país”. Pero el Muro seguiría marcando la vida de Rudolph durante mucho tiempo. Conoció a dos italianos y juntos construyeron un túnel de unos135 metros de largo desde la zona oeste hasta el sótano de una casa en la Schönholzer Strasse 7, junto al Muro y ya en el este de Berlín. Veintinueve personas lograron escapar en dos días reptando a través de ese túnel durante media hora, hasta llegar hasta la escalera al otro lado, en el oeste.

Fotografía de Joachim Rudolph y su esposa, Eveline, y la placa que cuelga en su casa en recuerdo del piso donde estaba el túnel que durante un tiempo unió las dos mitades de Berlín.
Fotografía de Joachim Rudolph y su esposa, Eveline, y la placa que cuelga en su casa en recuerdo del piso donde estaba el túnel que durante un tiempo unió las dos mitades de Berlín.OMER MESSINGER

Hoy en la puerta de aquella casa cuelga una placa que recuerda a “los hombres valientes que eligieron este peligroso camino”. Allí se lee que en esta zona de la Bernauer Strasse se construyeron 12 túneles, pero solo tres fueron exitosos, debido a las continuas delaciones: al menos 140 personas murieron entre 1961 y 1989 tratando de cruzar el Muro por causas relacionadas con el sistema de fronteras de la RDA, según los datos oficiales del  Memorial del Muro de Berlín. La amabilidad del portal, totalmente rehabilitado, con un carrito de bicicleta para niños y flores pintadas en el techo en tonos pastel, es solo un recuerdo más del cambio radical que ha sufrido esta ciudad y este país en apenas 30 años.

“Escapar no era un decisión fácil. Había que dejar atrás tu casa, tu familia, tu trabajo, todo. Pero no podíamos imaginarnos que íbamos a pasar el resto de nuestra vida en ese régimen autoritario”. Rudolph tenía sed de mundo y lo recorrió a conciencia, en furgoneta. China, Mongolia, África… vivió en Nigeria unos años y después volvió a Berlín. Cuando cayó el Muro corrió a ver a su familia. Su casa en el oeste de Berlín está llena de máscaras y de recuerdos de viajes por un mundo que nunca quiso perderse. “En toda mi vida, jamás pensé que el Muro fuera a caer”, dice ahora.

Eveline, su mujer, sube hasta el quinto piso en el que viven cargada con la compra. Fue la primera refugiada del túnel que él ayudó a construir y allí fue donde se conocieron. Junto a la puerta del baño de la casa cuelga una placa esmaltada con un número impreso en negro: el siete. La misma placa que todavía hoy falta en la Schönholzer Strasse.

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