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Esteban de Luca, para completar el álbum de la Revolución de Mayo

 

En el álbum de los revolucionarios patriotas, Esteban de Luca suele ser la figurita difícil. Ausente a la hora de los laureles, esos que siempre se llevan los grandes próceres, este ilustrado militar ha dado muestras de que la palabra tiene fuerza de cañón.

De la cuna

Ya de chiquito, Esteban no se anduvo con chiquitas. Nacido en 1786, moldeó su educación en el Colegio San Carlos -actual Buenos Aires-; donde hizo migas con Manuel Dorrego y Tomás Guido, nada menos. Apenas un botón de lo que sería su vida social. Es que, como dicen, todo empieza por casa. Y así lo fue para de Luca: su residencia familiar era un verdadero polo de difusión de los acontecimientos sociales y culturales que sacudían a la ciudad de aquel entonces. Las letras y la política eran el seno de una familia que heredó de su “jefe”, el padre de la criatura, una especial sensibilidad hacia las letras y la música. Claro que la buena posición económica aportó lo suyo: tal era la “chapa” del apellido familiar que la casa resultó ser, además, un desfiladero de figuras similar al salón de Mariquita Sánchez. Hombres de la ciencia, destacadas figuras públicas, refinadas damas y distinguidos caballeros componían el público habitué del lugar.

Encendiendo la mecha

¡Vaya si habrá mamado ideales el joven Esteban! No era para menos con semejante entorno. Y tanto así lo fue que, con apenas 20 años, defendió a Buenos Aires durante las invasiones inglesas. Y no como un soldado más; sino como subteniente del 3º Batallón de Patricios. Desde entonces, las armas se colaron en su vida de letras y tertulias. Aprendió el oficio de artillero militar, destacándose en la fabricación de cañones, fusiles y pólvora. Los aires de Mayo de 1810 agudizarían su patriotismo en una verdadera escalada militar: se convirtió en Capitán del Regimiento de Infantería de América; abocándose a la causa de la Revolución. Sin embargo, de Luca tenía aún más armas que las que descansaban en la Fábrica de Armas del Estado, por cierto, bajo su entera dirección. Con el fervor patriota despertó el poeta, aquel que sería capaz de esbozar un canto nacional. Un arma de unión masiva.

La casa de Luca en la actualidad

Con la pluma y la palabra

“Sudamericanos/ mirad ya lucir/ de la dulce patria/ la aurora feliz” Revolución y libertad, grandeza y porvenir, unión y confraternidad. Con estas musas Esteban de Luca compone su más inolvidable creación aquí, en parte, citada. La Marcha Patriótica tuvo su público debut el 24 de noviembre de 1810 (durante los festejos por el triunfo de la batalla de Suipacha). Y, desde entonces, se adjudicó el mote de “canción oficial” hasta que la Asamblea General Constituyente aprobara el Himno Nacional de Vicente López y Planes, otro joven poeta amigo del propio De Luca. Todo un precedente supo sentar nuestro querido protagonista, quien hizo de su marcha un verdadero “hit” de la Sociedad Patriótica. Sus composiciones se multiplicaron popularmente, tanto en las voces de la población como en las líneas de los periódicos en los que supo colaborar. Allá por 1822, hasta el lujo de fundar la Sociedad Literaria se dio este inagotable patriota; aquel que entendió que su abocamiento a la causa libertadora necesitaba tanto de su lucha como de su pluma.

El epílogo

Sin embargo, a Esteban no le quedaría mucho más destino en el tintero. Corría el año 1823 cuando, ya convertido en Secretario de Valentín Gómez, participa de las tratativas para exigir la revolución pacífica de la Banda Oriental, en Río de Janeiro. Aunque la misión no tendría final feliz. En mayo de 1824, el barco en el que viajaba de Luca naufraga en las aguas del Río de La Plata, apagando su fervorosa vida más su noble causa. Nos quedan los versos de su poesía, sus ideales, las blanquecinas paredes de su casa en San Telmo (escenario de gestas memorables) y la grata chance de reflotar su memoria. Esa que, en estas líneas, ha hallado su modesto homenaje.

Para saber más:
Pulpería Quilapán

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