LEYENDAS

La Laguna Brava

Basado en la historia “La Laguna Brava”, aquí un relato del profesor Pucho Encinas, del año 2009 que figura en su libro: “Historias que me contaron y algo más…”

Siempre quise escribir esta leyenda, pero poco a poco, lentamente, la imaginación la iba dando forma. Hoy, la fantasía desbordó como un vaso lleno, como un globo que explota, y esta es la historia de la laguna Brava, que un día oí de mis mayores, cuando en las noches de invierno hablaban de casos, apariciones, de muerte…

El invierno de julio castigaba sin compasión con su látigo de heladas. Hacía días que el cielo era de algodón gris y sucio. Lloviznaba. El viento sur, impregnado de humedad, azotaba los campos desolados. El frío penetraba todo: ranchos, ponchos, toldos… la llovizna gélida humedecía hasta la médula de los huesos.

Alguien vio pasar la lenta carreta. Sí. La pesada carreta, que iba arrastrándose penosamente, parecía como si no quisiera avanzar. Quizá como presintiendo su trágico destino. Los bueyes chapaleaban en el barro resbaloso del camino.

En el pescante del primitivo vehículo, azuzando a las bestias con una tacuara, iba un hombre, arrebujado en su grueso poncho. Miraba el camino desierto y barroso con el ceño fruncido por la helada llovizna. Era un hombre de cara enrojecida, calvo, de ojos pequeños, bigote ralo, bajo de estatura.

-¡Ya vamos llegando a la laguna! -dijo con voz que se entrecortaba por el vendaval.

-Ta bien -respondió alguien dentro del carruaje.

Dentro, envueltos en frazadas y ponchos, iba su familia: su mujer, una correntina gorda, de cabellos enrulados y nariz aguileña; sus dos hijos, el mayor, un mocentón aindiado; una niña de alrededor de diez años, morochita, flaca y debilucha.

Pero, ¿Qué hacía esa carreta en un atardecer de invierno en medio del campo, bajo la llovizna? Regresaban de Itatí. Habían ido al santuario de la venerada Virgen a “pagar una promesa”.

Un año atrás, una extraña fiebre mantuvo a la niña entre la vida y la muerte. Su madre, desesperada, prometió a la madre de Dios ir a su santuario y dejarle sus pocas joyas de oro y plata, herencia de sus antepasados. Ahora volvían a su chacra en Empedrado.

-Vamo´ a parar un rato pa´ comer y descansar al costado ´e la laguna -dijo el hombre.

Con lentitud la vieja carreta se desvió del camino y paró al borde pantanoso de la laguna, que era el reflejo del cielo invernal.

La pálida luz del día murió. La oscuridad borró las formas. Y la carrera sólo era una sombra extraña recordada por las aguas misteriosas, quietas… Poco a poco el viento fue amainando, pero la llovizna se hizo más densa. La luz débil y vacilante de un candil dibujaba apenas los rostros cansados de la familia dentro de la carreta. Comían. Unas trenzas de chicharrón y unas galletas duras sirvieron de cena y aplacaron un poco el hambre. El hombre bebió ginebra y convidó a su mujer.

-Gueno pa´ calentar el cuerpo -afirmó.

De pronto, del monte cercano, surgió el chistido mal agüero de una lechuza. Un escalofrío recorrió los cuerpos. Un insulto se oyó como respuesta.

-Va´ ocurrir alguna desgracia -aseveró la mujer.

El miedo inundó la carreta…

Solo se oía el croar lejano de sapos y ranas de la oscura laguna.

-Había sido co´ interesada la Virgen, cura a sigún lo que se ofrece -interrumpió la mujer.

-No diga eso mamá, o la Virgen no va a castigá -respondió su hijo. Sus palabras reflejaban el miedo infundado hacia las cosas de Dios.

Luego la conversación se fue perdiendo como la luz del candil y una somnolencia como el plomo aplastó a todos. Y al rato dormían profundamente.

Sería cerca de la medianoche. Silencio. Un silencio lúgubre. La sombra funesta de la carreta con los bueyes uncidos. No se oía ningún ruido. Sapos y ranas callaron…

De repente, algo se movió en la oscuridad… algo que asustó a los bueyes, que aterrorizados, como empujados por un rayo huyeron hacia la pantanosa laguna, y en un segundo, se internaron hundiéndose en las negras y frías aguas. Ni tiempo para escapar, ni para pedir auxilio. Solo gritos aterradores, ayes agonizantes y alaridos espeluznantes cortaron la noche de julio. En un instante, bienes, carreta, ocupantes, desaparecieron. Luego, un silencio mortal…

Cuentan los vecinos del lugar que en noches como aquella, si algún caminante trasnochador pasa cerca de la laguna Brava, puede ver una negra carreta hundiéndose y oír lamentos de terror.

 

 

 

Fuente:

Foto: http://viajes.efetur.com/wp-content/blogs.dir/5/files//2015/03/49624_5.jpg

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