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HISTORIAS Y MITOS LEYENDAS RELATOS FANTÁSTICOS

La Salamanca

Una fiesta poco común, allí hay bailes, música, gente que toca instrumentos, mujeres y hombres bellos. Pero lo que más llama la atención es su anfitrión, el Diablo.

La Salamanca es una leyenda que se cuenta en diferentes provincias del Noroeste y la región del Cuyo, como Jujuy, Salta, Tucumán, La Rioja, Catamarca, entre otras. Es un lugar donde sólo pueden entrar quienes no tienen miedo ni tabúes. Allí se entra desnudo y quien logra pasar las pruebas del camino puede acceder a una fiesta única y la posibilidad de aprender algo, obviamente a un costo que el mismo diablo pone.

Perla Montevideo de Mollo se encargó de recopilar relatos y entrevistas a diferentes personas. Algunos de estos tienen una datación de casi 60 años. En esta ocasión Valentín Vega nos cuenta, en primera persona, lo que es La Salamanca.

El malo, el tío, diablo, zupay, familiar, varios son los nombres que toma dependiendo de la ocasión…

Hay lugares en Salavina que también se llaman Salamanca. Siempre están sobre el río. Y allí, de noche se siente guitarra, bombo… Uno va buscando a ver dónde es. Todo el mundo cuenta la historia de la Salamanca. Dicen que hay que entrar desnudo y que hay que aguantar que se le pongan encima toda clases de bichos, víboras, sapos, arañas, que uno tiene que ser corajudo para poder entrar al lugar donde se baila, donde se canta, donde se aprende todo… Alrededor hay ruedas de lampalaguas, esos son los asientos.

Todos se sientan ahí, desnudos, y es allí donde cada uno elige el oficio que quiere aprender. Pero claro, hay un trato con el malo…

Hasta hace como veinte años en El Chorrillo había una Salamanca muy grande. Todos oían la música cuando hacían ahí el baile. Eran barrancas huecas y se podía ir hasta muy adentro. Dicen que ahí aprendían la magia.

Yo tenía un amigo, Paulo Miranda se llamaba, que era domador y que se había enriquecido domando. Y yo quería aprender a domar así, y él me decía que había aprendido en la Salamanca, pero yo no quise ir nunca ahí, ¡Ave María! Y él me contó lo que les voy a contar, Miranda es finado ya, desde hace unos años.

En aquellos tiempos, cuando venían mendocinos y sanjuaninos y traían grandes tropas de hacienda de la provincia de Buenos Aires, aquí en San Luis solían parar las tropas en el Rodeo del Alto, del Puente Blanco más arriba. Estos hombres traían vacas como diluvio.

Una vez estaba ahí una tropa cuando iba pasando este hombre Miranda por el camino real. Necesitaban un peón y que lo llaman:

-¡Oiga! -que le dicen-, ¿no se quiere ocupar para arriar hacienda?
-Bueno -que contesta.
-¿Cuándo puede venir?
-Voy ande ‘stá la familia, y más tarde voy a venir.

Las tropas paraban unos poquitos días no más y seguían. En todo el Bajo de San Luis, desde la casa de don Rafael Cortés, eran alfalfares. Eran potreros de tapiales, de adobón de tierra, y ahí le daban encierro a las tropas por unos días. Ponían peones para que cuidaran los potreros. Rodeaban la manzana; de noche, dejaban guardia no más.

Esa noche quedan dos de guardia, el mozo éste que les digo, Miranda, y un mozo que iba de puntero en la tropa. Ya quedaron cuidando. Al rato vino el patrón a darles una revisada. El patrón daba una recorrida y se iba a dormir.

-Chey -que le dice el puntero-, cuando se vaya el patrón vamos a dir a un baile. Ya el patrón no vuelve más en la noche, y la hacienda ‘ta cansada y duerme echada.

Y el patrón se fue y los dos mozos se fueron al baile. Y ya llegan cerquita y oyen la bulla del baile. Ruido de guitarra y voces de mujeres y de hombres. Y ya están cantando adentro. Que se oían clarito unas tonadas lindísimas. Entonces que le dice el mozo:

-Chey, desnudate.
-No, ¡cómo voy a dentrar desnudo! -que le dice Miranda.
-Sí, aquí hay que dentrar desnudo.
Y… ¡Qué puta!, ya se desnudó también y entraron.
Ya adentro estaba iluminado todo como de día y que le dice:
-¡Ve!, ahí ‘tá San Antonio en la puerta, de bulto.
Y que él lo vio a San Antonio, que era alto y buen mozo.
-¡Ve! -que le dice-, lo tenés que escupir tres veces corridas de la cabeza hasta los pieses. Y ya en lo que lu escupáis, te va a encontrar con un viborón. Se te va a envolver en el cuerpo y te va a poner la boca en la tuya. No tenís que recular ni tenís que tener miedo. Y más allá vas a encontrar un chivato que viene echando chispas de juego por la boca y las narices. No ti asustís porque vas a echar a perder todo, el hombre corajudo es el único que puede dentrar ahí, a la Salamanca.

Y entraron y el joven tenía su recelo, pero hacía coraje. El otro, nada, ¡claro! ¡cebau viejo a dentrar en la Salamanca, no li hacía ni mella!

Bueno… Entraron. Lo escupió a San Antonio de la cabeza hasta los pies. Entonces ya le salió el viborón y se le enroscó y le puso la boca de él, que tenía un gran julepe, y siguieron. Y más allá le salió el chivatón. Y pasó todo bien, y ya vio que estaban las niñas del baile, el pelo suelto, desprendido sobre la cara. Un pelo largo que tenían y todas estaban desnuditas. Jóvenes y lindas eran todas. El hizo lo que le dijeron y entró, y se sentó por ahí. Y que todos estaban ¡péguele canto y baile no más! Que era una música lindísima la que se oía, y que eran lindísimos los cantos.

Y ya se allegó un hombre y que le dice:

-¿Usté, qué ‘tá haciendo? ¿A qué ha veníu? ¿Qué quiere aprender? Aquí se apriende a bailar, a tocar la guitarra, a cantar, a enlazar, a domar, lo que usté quiera.
-Yo quiero aprender a domar -que le dice.
-Güeno. Venga para acá.

Y lo llevó entonces solito. Que ahí hacía un gran calor. Que había un recipiente de agua hirviendo aquí, otro allá, otro más allá. Todos llenos de agua que hervían a borbotones. Y ahí, en el medio de donde estaban esos recipientes, que había unas varillas derechitas. Y agarró aquel hombre una varilla, la trajo y le dijo:

-Suba a caballo en la varía. Y agarresé porque el potro es malo y se puede cair adentro ‘e los fondos di agua caliente.

Y que él subió a la varilla y que la varilla se arrastró a corcoviar entre los recipientes y él no se largaba de miedo a que lo botara a los fondos, ¡claro! Lo hizo ensayar tres veces y lo sacó. Cada uno tiene que estar donde quiera aprender lo que elija.

Ya se llegaba el día y tuvieron que salir. Ya estaban por cantar los gallos, que hasta esa hora no más dura la fiesta de la Salamanca. Y salieron. Y cantaron los gallos y todo desapareció, y quedó todo campo y todo silencio. Con el compañero llegaron donde estaban los animales. Al rato que le dice Miranda al compañero:

-Chey, me voy a ensayar a domar

Que venía un padrillo, un cojudo, y se subió a una tranquera y desde ahí se largó sobre el padrillo en pelo no más y sin guatana. Y que el patrón que había llegado que le dice:

-¿Y pórque, po, te subís ahí, loco?
-¡Y…pa montarlo sin apero! -le contestó.

Y el padrón, como sintió al hombre que se le echaba encima, se arrastró a corcoviar como un diablo. Y echó a correr para el lado del campo. Entonces el patrón mando a un peón para que lo auxiliara, y que dice:

-¡Andá, niño, a ver ese loco que se va a matar!

Y él que ya volvía con el potro dominado, y ¡claro! todos se admiraron de lo buen amansador que era. Y así fue toda la vida, el mejor amansador de por aquí. Eso lo había aprendido por la mágica en la Salamanca.

Y después fueron como en dos ocasiones más al baile. Este Miranda era repícaro, rebribón, y andaba pensando cómo hacerles una buena a los de la Salamanca, porque a él no le gustaban nada esas cosas. Así es que cuando iban él permanecía sentado no más, pero el compañero estaba cebado a ir ahí, y se divertía de lo lindo. Una noche se había sacado un plato de plata, y al otro día se había encontrado que en vez de plato de plata tenía una retaca de vaca.

-Ya se lo que guá hacer -que había dicho una vez-, guá llevar un Crucifico a ver qué hacen aquéllos.

Tenía que entrar desnudo y no sabía donde llevar el Crucifijo. Entonces se lo puso como pudo en el trasero. Entró, y ya cuando estaban en lo mejor del baile, viene a hablar el mayor de ahí, el diablo que mandaba, y que él le presenta el Crucifijo. Reventó ahí el mayor ese y todo quedó hecho una montaña de árboles reespinudos, y en el medio una barranca. Y como salió desnudo se rasguño todo. Del compañero no supo nada más. El caso es que él se alejó y no quiso saber nada más de eso.

Pero era muy sabido que en El Chorrillo había una Salamanca, porque hasta la vez dicen que todavía se oye el barullo de los cantos y de la música.

-Valentín Vega, 76 años, Estancia Grande, La Capital, San Luis, 1944. Campesino rústico, pero inteligente y gran narrador.
Vocabulario:
  • camino real: camino principal.
  • puntero: marucho, guía en las antiguas tropas de ganado.
  • santos de bulto: imagen de talla completa.
  • guatana: bocado que se pone al caballo que se está domando.
  • padrón: padrillo, caballo padre.
  • estar cebado: estar acostumbrado.
  • retaca: plasta seca de estiércol de vacuno.

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Fuente: LEYENDAS DE NUESTRA TIERRA – Selección, prólogo y notas de PERLA MONTIVEROS DE MOLLO – 1993

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