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LEYENDAS

muaimí caá-buig, la vieja del monte

En los atardeceres y noches de luna, suele sentirse en los montes, gritos tristes y prolongados. Comienzan siendo muy fuertes y terminan por ser casi audibles.

Según relata la leyenda, en los atardeceres esos gritos, son lanzados por un ave, llamado despectivamente la Vieja y por el medio en que mora, se le agrega el adjetivo de “del monte”, es decir, Vieja del monte o muaimí caá-buig. Pocos son los que pudieron ver a la Vieja del monte.

Un raro mimetismo la identifica a la rama del árbol seco donde se posa habitualmente y su incompleta inmovilidad, hacen difícil verla. La Vieja del Monte tiene una leyenda; perversa, despiadada, que hace que nadie se conmueva con sus gritos que causan más que pena que impresión, sobrecogimiento, escalofrío.

Dicen que era una muchacha, muy linda, muy orgullosa como ninguna y despreciativa como la más. Tuvo infinidad de pretendientes pero uno solo no consiguió conquistar su sensible corazón. Pero un día llegó al pago donde vivía un forastero que se enamoró perdidamente de ella, sin que tampoco él, le fuera enteramente indiferente. Está de por medio, sin embargo, su orgullo, de modo que ahogó el amor que el joven había logrado despertar en ella con la indiferencia y, a pesar de verse en repetidas ocasiones y confesarle aquel su inmenso cariño, no consiguió obtener una respuesta definitiva, ni siquiera una esperanza.

Dejó transcurrir algún tiempo pero ante el silencio de la orgullosa muchacha, el joven recurrió a los malos oficios de una bruja, siempre en la esperanza de conseguir su amor. “Te iras -le dijo aquella- muy lejos donde ella ni nadie pueda saber nada de ti y no volverás hasta que ella te llame, lo sabrás, porque un día sentirás un deseo incontenido”. Así lo hizo esa misma noche.

La orgullosa muchacha sintió de inmediato una atracción inexplicable hacia el ausente y estuvo a punto de hacerlo llamar a correr a su lado. Pero nuevamente su orgullo pudo más que su pasión y en esa lucha tenaz fueron pasando los días, las semanas, los meses, los años largos y penosos que dejaban en su cuerpo y alma las huellas implacables de la vejez. Entonces tuvo un motivo más para continuarla.

El encantamiento entre tanto, iba obrando lento pero seguro y así fue que un día, empujado por su acción volvió el mozo, pero cual no sería su desazón y su pena al encontrarse con una vieja. No quedaba nada de aquella mujer interesante y bella, ni la sombra y preso de inmensa amargura y dolor, huyó del pago sin dejarse ver y para no regresar nunca más.

El orgullo de la muchacha había sido castigado cruelmente. Enterada de la verdad corrió tras él hasta el monte vecino donde debía verse y al no hallarlo comenzó a gritar desesperadamente, llamándolo, pero fue en vano. Se internó en él y nadie más pudo verla, sólo sus gritos eran oídos cada atardecer y cada noche.

* Este relato salió en la edición impresa de septiembre de 2015 de Revista El Canillita

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