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LEYENDAS

muaimí caá-buig, la vieja del monte

En los atardeceres y noches de luna, suele sentirse en los montes, gritos tristes y prolongados. Comienzan siendo muy fuertes y terminan por ser casi inaudibles.

Recuperado de Revista el Canillita – Septiembre 2015

Según relata la leyenda, en los atardeceres esos gritos  son lanzados por un ave, llamado despectivamente la Vieja y por el medio en que mora se le agrega el adjetivo de «del monte», es decir, Vieja del monte o muaimí caá-buig.

Un raro mimetismo la identifica a la rama del árbol seco donde se posa habitualmente y su incompleta inmovilidad, hacen difícil verla. La Vieja del Monte tiene una leyenda; perversa, despiadada, que hace que nadie se conmueva con sus gritos que causan más impresión, sobrecogimiento, escalofrío que pena

Dicen que era una muchacha, muy linda, orgullosa como ninguna y despreciativa. Tuvo infinidad de pretendientes pero ninguno consiguió conquistar su sensible corazón. Sin embargo un día llegó al pago donde vivía un forastero que se enamoró perdidamente de ella. Su característico orgullo, ahogó el amor que el joven tenía por en ella. a pesar dela indiferencia y de verse en repetidas ocasiones, donde confesaba su inmenso cariño. Aún así no consiguió respuesta definitiva, ni siquiera una esperanza.

Así pasó algún tiempo pero cansado del silencio de la orgullosa muchacha, el joven recurrió a los malos oficios de una bruja, siempre en la esperanza de conseguir su amor. «Te iras -le dijo aquella- muy lejos donde ella ni nadie pueda saber nada de ti y no volverás hasta que ella te llame, lo sabrás, porque un día sentirás un deseo incontenible». Así lo hizo esa misma noche.

La orgullosa muchacha sintió de inmediato una atracción inexplicable hacia el ausente y estuvo a punto de hacerlo llamar a correr a su lado. Pero su orgullo pudo más que su pasión y en esa lucha tenaz fueron pasando los días, las semanas, los meses, los años largos y penosos que dejaban en su cuerpo y alma las huellas implacables de la vejez. Entonces tuvo un motivo más para continuarla.

El encantamiento entre tanto, iba obrando lento pero seguro y así fue que un día, empujado por su acción volvió el mozo, pero cual no sería su desazón y su pena al encontrarse con una vieja. No quedaba nada de aquella mujer interesante y bella, ni la sombra y preso de inmensa amargura y dolor, huyó del pago sin dejarse ver y para no regresar nunca más.

El orgullo de la muchacha había sido castigado cruelmente. Enterada de la verdad corrió tras él, hasta el monte vecino donde debían verse, y al no hallarlo comenzó a gritar desesperadamente, llamándolo, pero fue en vano. Se internó en el monte y nadie más pudo verla, sólo sus gritos eran oídos cada atardecer y cada noche.

* Este relato salió en la edición impresa de septiembre de 2015 de Revista El Canillita

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