EDUCACIÓN EMOCIONAL

¿No va a debate?

¿Cómo conversamos entre nosotros cuando no estamos de acuerdo? ¿Conviene siempre debatir o a veces puede ser contraproducente?

No sé qué hacer. Si dejarlo entrar o no.

Y bueno, hacele un test.
Preguntale, por ejemplo, si él
entre una cosa buena y una cosa mala,
elegiría la cosa buena o la cosa mala.
Si te dice la cosa mala, no lo dejes entrar porque es un
aliado del imperialismo.

Si te dice la cosa buena, dejalo entrar porque
evidentemente es un compañero.

Leo Maslíah, La Muralla

TXT: GUADALUPE NOGUÉS para revista digital El Gato y la Caja

Aunque a veces él cambie los regalos que le hacés o no se ría de tus chistes, jamás dudás de que tenés buen gusto o sentido del humor. Y tampoco solés dudar de que tenés razón: no necesariamente todo lo que decís es siempre correcto, pero pensás e intentás decir lo que está bien, lo que se corresponde con el mundo que está ahí afuera (si no creés que hay un mundo ahí afuera, dejá de leer esta nota, que sólo sucede en tu mente).

Pero si vos pensás una cosa y él otra, y tienen que tomar una decisión que afecta a ambos, ¿entonces qué? Hay que ponerse de acuerdo. ¿Cómo? Hemos recorrido un largo camino buscando maneras generales de ponernos de acuerdo: maneras que tienen que ver con cómo juntamos datos, cómo los encadenamos en secuencias que enhebran razones y emociones, retórica y lógica juntas. No siempre funciona, pero suele ser mejor que dirimir los asuntos a garrotazos. Y al mismo tiempo desarrollamos, durante siglos, un método para evaluar si lo que decimos es más o menos cierto, más o menos correspondiente con eso que está ahí afuera.

Tener razón no alcanza (por eso de “Venceréis pero no convenceréis”). Si nos importa comunicarnos con otros, tenemos que hacerlo bien. Para esto, podemos evaluar nuestros métodos para comunicar. ¿No es hermoso que podamos aplicar el mismo método para evaluar lo que decimos, a los métodos que usamos para evaluar lo que decimos?

Hace algunas semanas se dio en Argentina la discusión de si es positivo, negativo, prudente o incluso peligroso tener un debate público entre un homeópata y un científico. De las muchas preguntas que están aquí en juego, haremos por ahora a un lado la de si la homeopatía funciona o no. Existe un gran consenso científico con respecto a que usarproductos homeopáticos no difiere de usar placebos. Más allá de esto, muchos usan frecuentemente la homeopatía, una práctica que está muy difundida aunque no haya evidencias científicas que la sostengan.

Hay otros temas en los que se ve un fenómeno similar en el que hay un fuerte consenso científico de que las cosas son de determinada manera y, más allá de esto, hay personas que sostienen que son de otra manera. Las vacunas son un claro ejemplo de esto, ya que las evidencias científicas nos muestran una y otra vez que no sólo son altamente efectivas en prevenir enfermedades sino que, además, son muy seguras. La mayor parte de las personas concuerda con esto, aunque igualmente hay algunos que dudan de la seguridad de las vacunas. Si hablamos de cambio climático antropogénicoel 97% de los científicos del clima sostiene que existe un proceso de cambio climático dramático que es, en gran parte, generado por la actividad humana. Pero, como antes, hay quienes niegan que esto esté ocurriendo.

No nos vamos a enfocar acá en cada uno de estos temas en particular sino en una discusión que se desprende de ellos: cómo lograr conversaciones provechosas entre personas que difieren mucho en su postura frente a temas como la homeopatía, el cambio climático o la seguridad y efectividad de la vacunación. ¿Es cierto que no vale la pena hablar? ¿Es cierto que siempre vale la pena hablar? Y, si así fuese, ¿qué decir?

Para entender cómo se forman las opiniones, tenemos que tener presente que cada uno de nosotros ve el mundo e interactúa con él de un modo particular. Para cada tema podemos o no tener una postura determinada y, si la tenemos, puede variar de intensidad, desde ‘yo pienso esto, qué sé yo. Vos no, pero todo bien’ hasta Mátenlos a todos. Dios sabrá reconocer a los suyos’. También hay que tener en cuenta cuán relevante es ese tema en particular para nosotros, cuánto sentimos que nos define. Cuanto más intenso y central a nuestra manera de mirar el mundo es un tema, más difícil es que consideremos que otras posturas sean válidas, y más cerca estamos de la situación en la que nuestro punto de vista es el correcto, y el del ‘otro’ el incorrecto, sin mucho lugar al diálogo ni al intercambio de ideas al respecto.

Nos vemos a nosotros mismos como seres racionales, educados, que podemos entender y sopesar las evidencias adecuadamente. Así, están los que piensan correctamente, como nosotros y, más allá de los muros santos de la ciudad, están los otros, los equivocados, los bárbaros que, a nuestros ojos, son ignorantes o se dejan guiar por la emoción y el fanatismo o, sencillamente, son la encarnación del mal. Y acá viene el secreto mejor guardado de esta comedia de enredos de pacotilla: esas otras personas piensan exactamente lo mismo, pero invirtiendo las cualidades; son ellos los pensantes y nosotros los fanáticos ignorantes. Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos.

En estos desacuerdos, a veces simplemente tenemos distintas escalas de valores. Y ése es el caso más fácil: podemos reconocer que la distancia entre nosotros está dada porque creemos cosas distintas en un ambiente en el que no hay discusión objetiva posible (aunque a veces es difícil que veamos que hay temas en los que no hay discusión objetiva posible). Si vos creés que Ford es mejor que Chevrolet, entonces seguramente no nos pondremos de acuerdo.

Otras veces aparece, en estos tiempos de retorno del romanticismo y tal vez invocado por los monstruos del sueño de la razón, una especie de neodualismola emoción en un rincón, la razón en otro. Es en estos casos en donde nuestra forma de conocer el mundo saca lo mejor de sí y nos permite también examinarla.

Lo que sabemos hasta ahora sobre el funcionamiento de nuestros cerebros, que no es todo pero tampoco es nada, es que nuestras decisiones no son o racionales o emocionales, sino más bien una sopa hecha de ambos componentes, cocinada con distintas proporciones de los dos ingredientes. Lo que sale, sale. Nuestras mentes tienen esos dos modos de abordar los problemas (y basta de meter al corazón en el medio, porque el corazón bombea sangre y no mucho más). Es nuestra mente la que genera emoción y razón y tenemos todo mezclado. Como concluyó Antonio Damasio a partir de pacientes que, luego de sufrir lesiones cerebrales en la que perdían la capacidad de sentir emociones no lograban tomar decisiones adecuadas, “el sentimiento es un componente integral de la maquinaria de la razón”. Y esta mezcla nos ayuda a adoptar posturas que, siendo fuertemente emocionales, se disfrazan de nuestra razón. Acá empiezan los problemas, en esta autojustificación, muchas veces ex-post, de lo que hacemos en el mundo.

El abismo, grande o chico, que nos separa, no siempre está mal. A veces corresponden realmente a diferencias insalvables. Pueden permitir que nuestra sociedad ponga en juego, y experimente, distintas oportunidades (y si bien algunos pierden el juego, el juego gana). Pero no todas las grietas son iguales, y quizá nos sirva acá clasificarlas en dos tipos.

En algunos casos, las dos posturas que se contraponen son dos miradas distintas sobre un tema. Esto puede verse en cuestiones políticas, ideológicas e incluso morales, por ejemplo. Chevrolet y Ford, Pepsi y Coca, ideología de izquierda y de derecha.

Video de John Cleese, pertinente desde 1987.

Se trata de distintas formas de mirar el mundo y, aunque para nosotros haya un punto de vista más adecuado, eso no es necesariamente lo que le ocurre a los demás. En estos casos, debatir con el otro sirve, por lo menos para develar la trama de ideas, emociones, creencias y valores en los que diferimos.

Pero en otras ocasiones ocurre algo diferente: una de las ‘opiniones’ está avalada por evidencias contundentes, mientras que la otra hace a un lado, de manera voluntaria o involuntaria, esas evidencias. Con la homeopatía pasa algo así. Existe un gran consenso científico de que la homeopatía no funciona. Un consenso científico no es lo que dicen un grupo de científicos que se reúnen a tomar el té, sino lo que resulta de mirar todas las evidencias rigurosas y sus interpretaciones: cuando la enorme mayoría de las interpretaciones de las evidencias disponibles señalan a un lugar, ése es el consenso científico. La verdad no es un problema de la ciencia. Lo que se puede defender a partir de la evidencia, sí.

No se trata acá de hablar a favor o en contra de la homeopatía. Como dijimos antes, no es la discusión a la que queremos llegar. Basta con decir que se hicieron muchísimos experimentos desde la química, la biología y la medicina que muestran que el efecto de los preparados homeopáticos es indistinguible del efecto de un placebo. Si cambiamos un preparado homeopático por agua de la canilla o un globulito de azúcar sin que lo sepan ni el médico ni el paciente, el resultado es exactamente el mismo. Por supuesto, lo que se evalúa en estos experimentos es el efecto del preparado homeopático por sí solo, desprovisto del contexto de la visita al homeópata, la consulta, los otros consejos que puede llegar a dar el homeópata, etc. Es decir, aun si los preparados homeopáticos no son efectivos, y en esto la evidencia es incontestable, no sabemos si todo lo otro que rodea el tratamiento no puede serlo en cierta medida: si el homeópata prescribe globulitos pero también nos dice que durmamos más, mejoremos nuestra dieta y tratemos de no enojarnos tanto, y encima hace esto con empatía y en una consulta larga en un marco de escucha y respeto, y… es posible que eso nos haga sentir mejor (siempre y cuando el problema que nos haya hecho acudir al homeópata no sea cáncer o una infección, por ejemplo, que requieren tratamientos probadamente efectivos). No lo sabemos. De hecho, se considera que, en el contexto de la medicina pre-científica del siglo XIX, la homeopatía hizo un gran bien: evitó que la gente fuera sometida a tratamientos médicos que no estaban basados en evidencia, que tampoco eran efectivos y que, incluso, a veces eran muy perjudiciales. La homeopatía era entonces beneficiosa porque evitaba que se realizaran tratamientos que frecuentemente dañaban al paciente. Pero las cosas son distintas en nuestra época. Nuestra medicina actual se basa en evidencias y es mucho más efectiva y segura que antes. Del mismo modo, ahora estamos en condiciones de afirmar, en base a evidencias, que la homeopatía no funciona ya que equivale a un placebo. Es por esto que, teniendo ahora tratamientos médicos comprobadamente eficaces, la posibilidad de abandonarlos o hacerlos un lado para depositar las esperanzas en la homeopatía, hace que podamos considerarla perjudicial. Con el mismo razonamiento que nos hace verla como algo beneficioso en la época de la medicina precientífica, podemos ahora verla como perjudicial, porque puede evitar que se realicen tratamientos que, con mayor probabilidad, benefician al paciente.

Volvamos: los globulitos homeopáticos funcionan igual de bien, o de mal, que globulitos de azúcar. Y acá tenemos el ‘lado’ científico representado. ¿Qué pasa del otro ‘lado‘? ¿Y la gente que usa homeopatía y está feliz con esa decisión? Teniendo en cuenta estas evidencias, muchos pensarán que quien usa homeopatía es ignorante o se está basando en emociones y no en la razón.

Y estas personas ¿qué piensan de sí mismas? Claro que no piensan que estén siendo emocionales. Consideran que su postura a favor de la homeopatía se basa en evidencias, en la razón. Lo que muchos de ellos pueden ver como evidencias son situaciones anecdóticas(‘a mí me funcionó’, ‘a mi tía le cambió la vida’), o razonamientos (‘si no sirve, ¿por qué la venden las farmacias?’). El ‘a mí me funciona’ tiene aparejado algo muy difícil: no es una evidencia científica de calidad (porque, sí, el método científico permite evaluar también la calidad de la evidencia), pero quien lo siente así no puede evitar verla, percibirla, como evidencia válida.

¿Qué piensan estas personas de aquellas que les dicen que la homeopatía no sirve? Posiblemente muchos piensan algo como: ‘cómo se nota que no probaron homeopatía, por eso creen que no sirve’, ‘seguramente reciben plata de la industria farmacéutica’, ‘la medicina también mata gente’, ‘esta gente es fanática en contra de la homeopatía’, etc. Muchas veces atribuyen intereses o emociones al lado que a sí mismo se ve como racional. Curioso, ¿no?

Y se nos coló la posverdad, la mezcla del componente emocional ineludible que, a veces en mayor medida y a veces en menor medida, está ahí complicando las cosas, con cierto grado de cinismo, rechazo, o incapacidad de contrastar nuestras ideas contra el mundo que está ahí afuera. Este término se está utilizando para referirse a ‘las circunstancias en las que los hechos objetivos influencian menos a la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales’. Cuanto mayor respuesta emocional despierta un tema, más se nos cuela la posverdad. A todos.

Como dejamos entrever más arriba, hay otros temas en los que vemos algo similar, una situación en la que un ‘lado’ tiene el aval de evidencias muy completas y claras, logradas con mecanismos comprobados de calidad: las vacunas permiten prevenir enfermedades y son muy seguras, la Tierra es un planeta redondo, el cambio climático está ocurriendo y se debe, en gran medida, a la acción humana. Sin embargo, más allá de las evidencias, hay personas que opinan que las vacunas son peligrosas, la Tierra es plana, y no hay cambio climático (o, si lo hay, no es antropogénico). Como antes, haremos a un lado la discusión específica sobre cada uno de estos ejemplos. Tratemos de ver en conjunto lo que surge a partir de ellos.

En particular, nuestro foco acá no es sobre cómo construimos los consensos científicos sino sobre cómo son comunicados y vinculados para quienes no somos profesionales en estas ramas específicas de la ciencia. Esta es una discusión principalmente sobre comunicación, y tal vez sea interesante apoyarnos en ciertos comunicadores que, aun siendo personajes de ficción, nos orientan en qué preguntas hacernos sobre la forma en la que comunicamos. Estas pautas de selección nacen de MacKenzie McHale, productora ejecutiva de ficción en The Newsroom, que plantea los criterios a tomar a la hora de contar una historia. Mac se hace una pequeña, contundente y relevante lista:

  1. ¿Es esta información relevante a la hora de votar? (Que podríamos adaptar acá como “¿Es esta información relevante a la hora de tomar una decisión?”).
  2. ¿Está esta historia (o idea) en contexto? (Y podemos pensar en “¿Cuál es el contexto de la historia, y cuál es además el contexto de la comunicación de la historia?”).
  3. ¿Es esta la mejor construcción argumental? (O hasta deberíamos revisar esto: “¿La mejor construcción argumental es la mejor manera de llegar a otras personas?”).
  4. ¿Existen realmente dos lados para esta historia? ¿Hay uno solo, o tal vez cinco?

En primer lugar, estamos en condiciones de afirmar con alta seguridad que establecer un terreno firme sobre la toma de decisiones es extremadamente relevante, así que la primera condición está cumplida. Vamos entonces a tratar de observar las demás: el contexto, las formas argumentales y la falacia de balance, esa idea de que ‘existen siempre dos campanas’.

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Fuente:
¿No va a debate? – Artículo del portal El Gato y la Caja

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