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¿Por qué 30 mil?

Una cifra que fue negada en su momento, que creció con el tiempo a través de las denuncias, que se estableció como un símbolo del “Nunca Más”, hoy es cuestionada. ¿Fueron 30 mil los desaparecidos en la última dictadura cívico-militar? ¿Es correcto referirse al golpe del ’76 como un hecho “cívico-militar”?

Antes que nada

Han pasados más de 42 años del golpe Cívico-Militar en Argentina y las heridas, muy lejos de sanar, son carne viva en la memoria de familiares e hijos de desaparecidos. La sociedad argentina también siente esa sensación de vacío cuando se discute sobre la encarcelación de los represores/representantes de los más trágicos recuerdos del genocidio cometido por el Estado.

Hoy se discute sobre un número y la simbología que lo rodea, pasando por alto las miles de vidas que fueron destruidas. Tanto opinadores de paso, como periodistas, funcionarios del Estado y gente de a pie se hacen presentes en un cuestionamiento que busca minimizar, enclipsar e incluso olvidar. “¿Fueron realmente 30 mil?”, es lo que se escucha de muchos comunicadores y formadores de opinión desde hace unos años.

Esta actitud es un intento de minimizar el impacto, como queriendo aminorar lo chocante de decir “30 mil”, un número redondo y lo suficientemente grande como para enfatizar y aludir a los sentimiento más profundos.

Solo hace falta transportarse a ese marzo de 1976, imaginar como un grupo de civiles (muchos empresarios del campo y empresas privadas, junto a los peores sectores de la iglesia) se confabulaban y apoyaban el levantamiento de las Fuerzas Armadas. Es menester mencionar el financiamiento y apoyo de Estados Unidos a los grupos disidentes de las FF.AA., incluso antes de la muerte de Juan Domingo Perón. Pensar en la forma en que los comunicados de prensa surgían, a partir del 24 de marzo,  marcando la cancha a los ciudadanos, avisos que no permitían imaginar el horror que produciría el rol represivo de un Estado corrompido, hacer ese ejercicio mental es fundamental para entender este artículo.

Gol en contra

Piense en la forma en que los poderes se alinearon para llevar a cabo un genocidio (no existe otra forma de decirlo) cuando la FIFA designaba a Argentina como anfitrión de un Mundial de Fútbol, en tanto Jorge Rafael Videla  afirmaba que los argentinos eramos “derechos y humanos” ante una nación y el mundo festejando con papelitos, cánticos y camisetas; olvidando que se torturaba, asesinaba y desaparecía a miles de personas.

Los militares se lavaban las manos con preguntas como “¿Usted sabe donde están sus hijos?” y la gente que miraba a otro lado cuando veían a una persona siendo detenida simplemente invocando el santo y seña del momento: “algo habrá hecho…”

Después de los juicios de contra las juntas militares, los represores y civiles cómplices, se pretendía que esos argumentos estaban en el pasado. Pero al parecer Argentina es una nación cíclica, donde los representantes políticos cuestionan una cifra e imponen una más baja, aludiendo a que “no eran tantos”, como si eso haría que duelan menos sus ausencias. Al ponernos en contexto y ser conscientes que los golpes de estado se produjeron en Latinoamérica con fundamentos pro-estadounidenses (recomendamos mirar los informes de Wikileaks), podemos ver el panorama de la época, de la maquinaria que los Estados de facto habían puesto en marcha, una que derramaría sangre y lágrimas mientras se levantaba una copa del mundo. El hecho de decir que “solo” fueron 8 mil o no saber “si fueron 9 mil o 30 mil” es un insulto contra a la humanidad, es una ofensa a la memoria, un retroceso en la justicia, un gol en contra.

 

Ausencias que hablan

Pero lejos de olvidar, existe un colectivo que resiste sin cesar. Las primeras marchas por la aparición de jóvenes secuestrados por las Fuerzas, allá en Plaza de Mayo, pasaron de hacer verbo un reclamo a ser una necesidad. La memoria es un deber de los ciudadanos y a la vez un derecho, donde el Estado ceda espacios para actividades y actos. Y de no hacerlo así, de incluso un Estado que se atreva a profanar símbolos de aquellos años, la tarea del colectivo es volver a ganar esos lugares.

¿Cómo se vive sabiendo que un hij@ no volverá? ¿Qué queda después de encontrar el cuerpo de un herman@, un hij@, un amig@ en un centro clandestino de detención? ¿Cómo es saber que una joven fue asesina después de parir en cautiverio? ¿Cuál es el futuro de esos bebes apropiados? ¿Es posible, como ciudadano, mirar a un costado y negar? ¿Como se logra esto?

Las fuerzas armadas no solo fueron parte del poder represivo y adoctrinador del Estado de facto, sino también los medios de comunicación, la televisión pública, los medios gráficos y radiales se prestaron al juego de naturalizar la muerte, la represión, de buscar enemigos y subversivos en cualquier lugar. Periodistas, formadores de opinión, gente del espectáculo eran reclutados para ponerle voz y rostro a un mensaje que inculcaba la desconfianza en el otro, para que cuando se detenga a alguien en la calle, incluso a plena luz del día, todos miren a un lado y mientras el grupo de operaciones subía a una persona a un Falcon verde, el comentario sea “algo habrá hecho…”.

Una sociedad quebrada psicológicamente, donde muchos niños crecieron repitiendo las frases de sus padres, jóvenes que debían salir con documentos por si algún militar lo detenía en la calle, padres recomendando a sus hijos no juntarse en grupos, de no leer ciertos libros, de no escuchar cierta música, de no hablar de ciertos temas, que para estar tranquilo hay que ser conformistas, no levantar la cabeza ni la voz. Jóvenes que formaron sus propias familias con las mismas directivas.

Por otro lado habían herman@s, padres y madres, que veían como secuestraban (está bien dicho, porque eran detenciones ilegales y sin ninguna formalidad) a un integrante de la familia. Algunas veces eran mujeres embarazadas, otras veces eran parejas esperando su bebé, en los peores casos, los ex-compañeros de detención relataban como eran violadas, que al quedar embarazadas eran obligadas a continuar con la gestación. Que luego que parían en cautiverio eran separadas de sus bebés y finalmente ellas desaparecían.

Las heridas que los familiares no sufrieron en carne propia, se transformaron en heridas psíquicos y emocionales, muchas veces empujandolos a dejar todo en busca de justicia, mientras se sufre con las ausencias. Herman@s, amig@s, padres y madres que deben continuar con esas llagas abiertas. Hij@s que luego de muchos años comienzan a cuestionar su propio origen, a su familia y que quizás ellos son hijos de desaparecidos, que ellos son el botín de los secuestradores de sus verdaderos padres.

Se trata de ausencias que reclaman justicia, que saltan una generación, antes en las abuelas, hoy en sus nietos, donde el terror deja de ser una barrera y reafirma el “Nunca Más”. Cada nieto recuperado lleva consigo una carga emocional que pocos pueden aguantar, una mochila que fue puesta por un Estado de terror que marcó a tantas generaciones. El efecto se puede ver todavía al cuestionar si fueron 30 mil los desaparecidos, si fueron menos. ¿Alguien se animaría a cuestionar al pueblo judío si acaso fueron 6 millones los asesinados por el Nazismo?

Fueron 30 mil

“Las personas que desaparecieron tienen hijos y el problema de sus hijos va a ser transmitido en la próxima generación y en la otra. Es toda una conflictiva para muchas generaciones. Eso es lo que tiene que interesar a ustedes, que son psicólogos.”
Hebe de Bonafini, carta dirigida a la Asociación de Psicólogos en 1983.

Estamos en presencia en un inconsciente argentino que aún guarda las heridas de 1976. Generaciones que crecieron con los valores de la dictadura cívico-militar, que al aparecer representantes de la derecha política, hoy cuestionan un símbolo hecho número. “¿Fueron realmente 30 mil los desaparecidos?”

Como dicen las organizaciones de derechos humanos y Raul Hilberg (historiador), que contabilizaron los 6 millones de judíos asesinados durante el Holocausto, afirmaba que siempre se había tratado de contar la Shoah a través de los testimonios de los sobrevivientes, cuando no se podía hacer al tratar de contar los cuerpos. La Europa Nazi también tenía una maquinaria de exterminio, los campos de concentración, los centros de detención, los fusilamientos masivos, la cámara de gas. Muchos judíos fueron asesinados al instante de bajar de un vagón de tren al llegar a Auschwitz, Treblinka, Belzec o Sobibor, para dar un ejemplo.

Muchos de ellos eran despojados de sus pertenencias, desnudados, y lo peor, les quitaban su identidad. Sus documentos eran incautados, o tirados y en cambio se les tatuaba un número en la piel. Así, enumerados y sin nombre, eran introducidos a esa maquinaria de exterminio. ¿Cómo se llega a 6 millones cuando muchos no dejaban registros? Dos grandes instituciones  el Yad Vashem de Jerusalén y el Museo del Holocausto de Washington, emplearon los canónicos seis millones. Este último dedica un detallado análisis a las cifras, aunque recuerda que ningún documento nazi cifra el número de judíos, ni de otros grupos, asesinados entre 1933, cuando Hitler llega al poder, y 1945, final de la II Guerra Mundial. Las estadísticas se basan en todo tipo de censos e investigaciones posteriores.

La Shoah en números

La comparación se hace más clara cuando nos anoticiamos que los altos cargos militares de la dictadura de 1976 fueron adiestrados por altos comandantes estadounidenses y franceses, los cuales promovían la instalación de centros de detención y daban métodos de “interrogación” útiles para la captación de la mayor cantidad de subversivos y rebeldes. Para mitad del año 1976, en Argentina ya funcionaban más de 300 centros clandestinos. Los más activos e importantes, plantados en comisarias, escuelas y guarniciones militares, la Escuela de Mecánica de la Armada, el Vesubio, la Perla, la 2 de Córdoba y la escuela de Famaillá en Tucumán.

Los secuestros, de carácter ilegal, muchas veces no llevan registros de los operativos. Al no tener una orden “oficial” no eran asentados en la justicia, los integrantes de los grupos de operaciones trabajaban en la clandestinidad y con la más absoluta impunidad, quienes eran levantados en un Falcon verde dejaban de ser personas, perdían su nombre e identidad, eran un “subversivo” más.

Muchos de los centros de detención fueron demolidos, quemados, llevados a escombros, donde todavía guardan los restos de cientos de víctimas. Los muertos no tienen voz, no pueden declarar, deben ser encontrados. Los relatos de los supervivientes recogidos por la CONADEP fueron esenciales para cruzar datos, nombres, y tantear una cifra. Así como los 6 millones de judíos, los 30 mil desaparecidos se transformaron en una bandera que nos recuerda la peor época del país, una que no debe ser olvidada, que debe levantarse cada vez que alguien cuestione una sola tortura, una violación o un bebé tomado como botín.

 

Para conocer más recomendamos:
La participación civil en la dictadura – Artículo de Página/12
Subjetividad del terror – Ibídem
Un ataque a la memoria – Ibídem, 21 de marzo 2018
“La historia no se borra” – Ibídem, 22 de marzo de 2018
¿Por qué hablamos de seis millones de muertos en el Holocausto? – Artículo del portal El País, de España
Shoah o genocidio judío – Artículo del portal Áltima
Ver la historia: 1976-1983. Dictadura militar (capítulo 11) – Canal Encuentro HD
GOLPE DE ESTADO Y FUTBOLArtículo del portal Pasión Fútbol
Otorgan la prisión domiciliaria al represor Miguel Etchecolatz – Nota del portal de diario Perfil, 28 de abril de 2017
El rol de la Iglesia en la dictadura – Artículo del portal Publicable
La complicidad civil con la dictadura argentina – Artículo del portal Latinoamérica Piensa
La última dictadura, ¿tuvo apoyo social? – Artículo del portal del gobierno argentino, Educ.ar

 

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